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domingo, 16 de diciembre de 2018

-2

Es tan difícil decirle que si a mi conciencia.
Ella lo sabe, si que lo sabe.
¿Cuantas veces habré hasta ahora tratado de acallar todo lo que siento?
Maldita sea.
Es tan difícil aceptar la verdad cuanto te rompe el alma,
cuando el dolor emocional es mas fuerte que el físico.
Aveces me culpo por tratar de minimizar lo mal que me hizo, solo por que no recuerdo bien.
Estuve confundida, equivocada.
No tuve la culpa, nunca la tuve.
Y dios, como duele darme cuenta de que amé a alguien que me rompió mas de una vez, mas de una manera.
Recuerdo cuando le dije adiós y lloré toda la noche por la dependencia que me había generado.
Me da tanta vergüenza haber sido la persona que dejó pasar cada palabra y cada acción hiriente.
¿Como se supone que debía protegerme?

Esa noche tuve miedo, tuve tanto miedo.
Yo solo quería sentirme bien, solo quería un poco de amor.
Así que nos embriagamos de pecado, todo era luces y colores. Todo era música.
Recuerdo temblar, recuerdo que el mundo calló sobre mi desgarradoramente.
Sentí que estaba viviendo mi propia pesadilla.
No fue mi culpa, nunca lo fue.
Aunque apenas me quedan unas imágenes borrosas, la tristeza que siento es inmensa.
Me cuesta tanto expresarlo de manera hablada, que tuve que venir unos años después a escribirlo por aquí.
Tuve pánico, mucho pánico, y realmente lamento no haber tenido la valentía para decirlo antes.
No creo ser valiente en este momento tampoco, pero al menos he logrado asumir lo que pasó.
Necesitaba ayuda y el se aprovechó de mi miedo.
Se aprovechó de mi cuerpo paralizado por el miedo.
Recuerdo no poder siquiera hablar y gritar dentro de mi mente que por favor se detuviera.
Es tan difícil aceptar la verdad cuanto te rompe el alma,
cuando el dolor emocional es tan pero tan fuerte.
Pensé que había encontrado la manera de olvidarte, pero nunca te vas, y espero un día volver a sentirme un poco menos manchada, machacada y destruída.
Yo se que voy a salir de aquí aunque me tome toda la noche o cien años.

-1

Por supuesto que era la última vez,
debería saberlo,
tenía los ojos tristes y la sonrisa cansada,
miraba de soslayo su vientre y me decía que no,
que esta locura tenía que parar,
porque debe de comprender,
tengo que cuidarme el corazón.
Me contaba de sus nuevas conquistas,
y a mí,
los pedazos olvidados se me iban rasgando por las orillas,
pedía auxilio con voces calladas,
y comprendí que fingir era mi mejor arma;
le di buenos consejos de amor y dejé que continuara con su vida,
venga,
que eso de ser amigos es una patada en el cuello.
Me despedí de él sin pedirle absolutamente nada,
no le dije que me iba,
porque estaba claro en mi silencio,
vamos,
que ya estaba de más,
no volteé para mirar su partida porque él tenía tiempo de estar en otra parte desde que nombré su faro.
Así que le digo adiós,
con una lágrima rodando por mi cuerpo,
con el dolor incesante de otros labios tocando su piel,
de otra forma de querer sus lunares,
y decir que su bandera siempre fue la honestidad.
El invierno se aproxima,
me pongo mi mejor sonrisa,
un abrigo para quererme por encima de todo,
y le susurro que no se preocupe,
que la poesía siempre será él.

sábado, 15 de diciembre de 2018

— Álex Hernández. Inexistencia

“Tengo un vacío en el pecho que no se llena con música. Una ausencia de cariño que duele profundo en los huesos. Una falta de amor propio que no puedo construir ni regar para que florezca. Tengo una enfermedad que no me deja dormir de noche. ¿por qué nadie le explica al miedo que no puede venir a pincharme las costillas con su vértigo? Nadie. No he podido dejar de llorar ni tampoco he parado de ver la lluvia, cuando en el único lugar donde moja es aquí dentro. Donde deberías estar. Qué difícil es pedirse perdón sin ser hipócrita. Qué difícil es querer a alguien cuando no puedes quererte. A veces duele menos. A veces el zumo de naranja lo hace más fácil. La única verdad es que sufro demasiado para el amor que doy. La única verdad es que no debí desnudarme contigo. Y no hablo de quitarme la ropa en el ascensor.”